Agradece siempre y de corazón

Días atrás falleció un sacerdote que no conocí en realidad. La única vez que tuve la gracia de verle y celebrar con él fue una boda ya casi seis meses de eso o tal vez más. Le recuerdo especialmente, pues fue muy difícil para mí subir mis instrumentos a la parte alta donde tocaba el coro en aquella capilla de la cual él se encargaba y desde allí le miraba mientras oficiaba en aquella boda. Su cuerpo ya había perdido mucho vigor y salud, no andaba más que en silla de ruedas y los estragos de la edad y la enfermedad no hacían mella en la alegría y dignidad de su proceder durante la celebración.

Como yo no le conocía, antes de iniciar la boda me presenté con él y le platiqué de lo que tenía pensado cantar. Le llamó la atención el avemaría y me preguntó si me iba a salir bien a lo que solamente me reí, entonces él me dijo que esperaba me saliera muy pero muy bien. Al final de la misa, hermosa y digna, después de dar la bendición a los novios, miró hacia arriba donde yo estaba cantando y dijo al micrófono: “Muy bien coro muy bien! Ahora sí… ¡lúcete!… ” Y entonces iniciaron las primeras notas de un avemaría que canté con emoción y complicidad con mi sacerdote presidente.

Siempre le agradecí el gesto tan bello que tuvo, así como agradezco lo que me enseñan todos y cada uno de los sacerdotes con quienes Dios me permite celebrar. Agradecer es colaborar en nuestro crecimiento, es aceptar la enseñanza y ser tierra fértil, en donde los demás inviertan su tiempo y sabiduría. Ojalá y tu, hermano o hermana, desde donde estés y sirvas, agradezcas a los sacerdotes que te enseñan por su tiempo y dedicación, porque nadie está obligado a aconsejar o guiar a nadie y cuando recibimos un consejo o enseñanza debemos valorarla y agradecerla. Así como la humildad nos enaltece, la gratitud nos ennoblece.

En fin. Ya se fue, ya está con Dios, y yo desde aquí le recuerdo con infinito amor, porque sola una ocasión bastó para demostrarme su amor a la liturgia y a la dignidad en el servicio de la música a Dios. Una sola ocasión bastó para brindarme su cariño desde allí donde los sacerdotes son Cristos vivos.

La vida vuelve a la vida. Ya está con Dios el padre Emilio Javier Leal Cetina.

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